“La paz, aunque esté herida, seguirá siendo posible”: Ramón Castro
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“La paz, aunque esté herida, seguirá siendo posible”: Ramón Castro
En el arranque de la última jornada del encuentro realizado en el ITESO, el Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano dictó la conferencia “¿Qué exige hoy la construcción de la paz?”, en la que reflexionó sobre el papel que debe desempeñar la Iglesia católica y acerca de la trascendencia del Diálogo Nacional por la Paz.
Édgar Velasco
Para llegar al Segundo Diálogo Nacional por la Paz, el movimiento que lo sostiene y articula ha realizado muchas actividades. Incluso desarrolló una Agenda Nacional con acciones y compromisos que muchos actores sociales han firmado. Sin embargo, para Ramón Castro Castro, es un hecho que “el proceso del Diálogo Nacional por la Paz no puede comprenderse adecuadamente si se reduce a una suma de encuentros, foros o documentos. Nos encontramos ante una auténtica pedagogía histórica que ha contribuido a desmontar la lógica del espectador y a promover una cultura de sujetos corresponsables”.
Ramón Castro es el obispo presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y tuvo a su cargo la apertura del tercer día de actividades del Segundo Diálogo Nacional por la Paz con la conferencia “¿Qué exige hoy la construcción de la paz?”, en la que ofreció una mirada al papel de la Iglesia Católica desde una perspectiva teológica y antropológica, además de reflexionar sobre la manera en el que este Diálogo ha constituido una forma corresponsable de hacer frente a las violencias que aquejan al país.
A lo largo de su exposición, el sacerdote reiteró la importancia de situarse en las realidades concretas y específicas. Lo hizo desde el inicio de su conferencia, al afirmar: “Hablo desde la conciencia de pertenecer a un pueblo herido, pero no vencido; de una sociedad que sufre, pero sigue buscando caminos de vida”. Ante esta realidad, añadió, el segundo Diálogo Nacional por la Paz —que ha tenido como sede el ITESO— “se inscribe en un proceso histórico y eclesial que no surge de la mera improvisación ni de la moda pasajera; nace de una herida profunda que atraviesa a México desde hace años y se ha expresado en la violencia cotidiana, en la fragilidad del tejido social y el dolor acumulado de miles de víctimas con un nombre concreto, una identidad dañada, sueños lastimados, vidas interrumpidas”. Este proceso implica la que describió como “una convicción madura” que se basa en la certeza de que “la paz no se construye desde la negación de la realidad ni de soluciones técnicas, desconectadas de la vida concreta de las personas, sino de la escucha, la verdad y la corresponsabilidad”.
Respecto a la pregunta rectora de la conferencia, Ramón Castro afirmó que cuestionarse qué exige la construcción de la paz “no es una pregunta abstracta ni es una pregunta meramente académica, sino una interpelación ética y espiritual que surge del contacto con la realidad, de la escucha de las víctimas y del trabajo serio realizado en los territorios”. En esa línea, continuó diciendo que la paz no es sólo una abstracción ni un deseo genérico. “Exige decisiones, procesos y compromisos concretos que se sostengan en el tiempo. No se logra sólo con declaraciones ni con acuerdos formales, sino con un trabajo paciente que busca la verdad, la justicia y la reconciliación”, mencionó el sacerdote.
Al ofrecer una perspectiva teológica de la construcción de paz, el Presidente de la CEM señaló primero que “la paz pertenece al núcleo mismo del designio de Dios sobre la humanidad, y no puede ser entendida como un añadido opcional a la vida social o a la misión de la Iglesia”, para luego señalar que “toda paz que no se funda en la justicia es frágil y tarde o temprano se va a desmoronar”. Puso como ejemplo el modelo de paz propuesto por Jesús, que “no es una evasión del conflicto o una neutralización del sufrimiento, sino que es una paz pascual, que pasa por la cruz y transforma la violencia desde la raíz. La paz cristiana no es una imposición: se funda en la verdad del amor que se entrega y que reconcilia”. Así, añadió, “la paz aparece no como una utopía ingenua, sino como una exigencia evangélica ineludible, confiada a la responsabilidad histórica de quienes, en medio de un mundo herido, siguen creyendo que la reconciliación es posible”.
Al ofrecer una mirada antropológica, comenzó señalando que “la paz exige sanar la herida humana. Cuando profundizamos en las raíces de lo que llamamos violencia en nuestro país, nos confrontamos con algo que va más allá de lo visible y de las estadísticas: nos enfrentamos a una herida antropológica, una fractura en la manera en que nos vinculamos como seres humanos. Una ruptura de la comunidad que desfigura el sentido profundo de la persona y de su dignidad”. De este modo, dijo también, “todo intento por restaurar la paz debe iniciar donde la dignidad humana ha sido herida o rasgada”, para lo cual es necesaria “una transformación cultural y espiritual del modo en que nos relacionamos. La paz exige una conversión de la mente y del corazón, exige que la comunidad humana recupere la mirada de reconocimiento hacia el otro como persona, digna por sí misma, y no como un recurso o una amenaza”.
Al reflexionar sobre el trabajo del Diálogo Nacional por la Paz, destacó que este ha aportado una pedagogía histórica que tiene como punto de partida “la escucha del clamor de las víctimas y de los territorios heridos. El Diálogo Nacional por la Paz ha contribuido a desmontar la lógica del espectador y a promover una cultura de sujetos corresponsables. El proceso ha puesto en el centro la dimensión territorial de la paz, porque no existe una paz abstracta ni uniforme: existen procesos de paz situados, encarnados en comunidades concretas”. En este trayecto, la Iglesia en México, dijo el sacerdote, “no debe inventar un método nuevo, sino acompañar, sostener y dar profundidad al método desarrollado por el Diálogo Nacional por la Paz, que implica mirar la realidad, interpretar desde un discernimiento comunitario y actuar pasando del diagnóstico a los compromisos concretos”.
Ramón Castro Castro afirmó que “la paz no es sólo un horizonte al final del camino, sino una forma de caminar juntos con fidelidad, con paciencia y con la convicción de que el bien tiene una fuerza histórica capaz de transformar la realidad”, y finalizó su participación advirtiendo que “mientras haya alguien dispuesto a amar, a cuidar y a permanecer, la paz, aunque esté herida, seguirá siendo posible”, tras lo cual recibió un prolongado aplauso de parte de la audiencia congregada en el auditorio Pedro Arrupe, SJ, del ITESO.
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Justicia y Construcción de Paz